El capitán embustero
Parece un monaguillo gigante, adoctrinado para ordenar las vinajeras, colocar el paño escrupulosamente sobre el cáliz, hacer sonar la campanilla exigiendo, sin necesidad, un silencio de catedral desierta. Durante la misa, robará el cepillo de las limosnas y le echará la culpa al monaguillo travieso.
Y a sus órdenes tenemos que dar la vuelta al mundo.
Cuando tomó el mando, nos reunió a todos en cubierta y nos pidió perdón por atreverse a pensar que podría ser digno de dirigirnos. Los oficiales estábamos atareados en pavonearnos, pero ahora comprendo que debimos darle más importancia al escalofrío ondulatorio que recorrió las filas de la marinería ante la humildad exagerada de alguien que encaja perfectamente en el perfil establecido por la meritocracia, fundado, no en los servicios prestados, sino en la duración de los mismos. Fiel a su costumbre, el sistema burocrático hizo de la permanencia sinónimo de competencia. En los buques, sin embargo, el tiempo vale muy poco y cualquier variación del aire está llena de presagios.
Es torpe y vago. No acaba las frases ni las misiones. De hecho, nunca se le ha oído decir nada que no sea un camuflaje, y jamás se le ha conocido una iniciativa que no sea simple fachada. En cuanto un rumbo se hace difícil, lo cambia. Pero tiene una audacia inaudita (según algunos, de carácter patológico) que le permite presentar como ausencia de fracasos lo que es simple inactividad. Sin acciones, no hay errores: esa es una de las claves de su estrategia. Otra es la sumisión al almirantazgo. Incluso aunque éste, lejano, no emita dictado alguno, el capitán hace peregrinas interpretaciones de lo que podrían ser sus deseos y busca siempre que sean otros los que realicen el trabajo para adjudicarles los fallos y atribuirse los aciertos. Seguir leyendo ‘El capitán embustero’ »