La impresora de la recepción del hotel (una máquina arcaica y matricial) no dejó de chillar en toda la noche. Al alba, gracias al bate de béisbol olvidado en el paragüero de la entrada por un turista melanesio, pareció evidente que la falacia inevitable del destino también alcanza a las cosas. Los paraguas, no obstante, se mostraron escépticos.
Introito
En el principio, el poder separó las aguas de la tierras y las almas de los cuerpos.
De lo primero puede aceptarse como prueba la abundancia de limos, légamos y piélagos plagados de vidas primarias.
De lo segundo no hay rastro y, a juzgar por la avidez de humedad y sal de los sentidos, bien pudiera decirse que buscamos el placer en la materia con más éxito que al alma en las oraciones.
I
Maurano Exsilente dijo en público que la Anunciación era un crimen y que todo milagro implicaba una condena. Por estas palabras tuvo que huir. En Oriente, ejerció de astrónomo y pintor de frescos.
Cuando los griegos quisieron recuperar el esplendor del Pórtico de las Pinturas, le encargaron una obra libre que indujera al pensamiento, y él pintó un extraño recorrido que le hizo famoso en algunos ámbitos. Era un largo rectángulo en el que, con forma de río de amplios meandros o bustrofedon (esto es, con la vuelta ajustada del buey que ara) se sucedían las estampas según el itinerario que relató en una carta a un cofrade. Seguir leyendo ‘Maurano Cántabro, víctima de un milagro’ »
Los miembros de la caravana parecían haber adoptado hábitos y medios de transporte de lugares muy distantes entre sí. Era una tribu transparente que venía de muy lejos. Llegaron un día de primavera y se establecieron en un claro a la orilla del río, allí donde el cauce era más estrecho y la corriente más tranquila y había una piedra pulida y blanca en medio del curso con una rara forma de estatua de hombre orante, como encargado de apaciguar las aguas, que lo rodeaban sin espuma ni salpicaduras, a diferencia de las rompientes que más abajo, a la vuelta de un meandro, servían de catapulta a los salmones. Alguno de esos peces fueron el plato principal de la fiesta que sucedió a la instalación del campamento.
No parecían dispuestos a permanecer allí mucho tiempo. Montaron tiendas con pieles y carretas, cavaron letrinas en la linde del bosque, moldearon un hogar de arcilla, encendieron fuego, asaron la pesca, repartieron vino y prolongaron el festejo hasta el alba. Eran gente rítmica y sensual. Tenían címbalos, crótalos, flautas simples y pánicas, rabeles, zanfoñas, timbales, sistros. Sabían cantar y bailar. Las hojas de las mimbreras vibraron con los encuentros. Como por hipnosis, el compás del sexo se acordó al paso del sopor y algunas parejas o conjuntos no cedieron en el empeño ni durmiendo.
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El nuevo vecino poseía la cabeza disecada de un elefante. Los encargados de la mudanza, como no pudieron meterla en el ascensor, intentaron subirla por la escalera, pero sólo consiguieron que los largos colmillos arañaran las paredes. La dejaron en el portal, boca arriba, y parecía un ser extraño, un monstruo vencido que miraba al techo con unos ojos muy pequeños, grises y hundidos en cráteres estriados, como de tierra seca. Una placa de cobre afirmaba que el animal, abatido en Angola en 1955, había pesado doce toneladas y media. La trompa, artificialmente levantada, resumía todas las miserias de la falocracia que había organizado la cacería.
“Este vecino nuevo debe de ser un hijo de puta”, dijo el portero.
Trajeron un camión con una plataforma de brazo articulado y telescópico, el más alto grado de perfección en la elevación de objetos, pusieron la cabeza en la jaula y la alzaron hasta la terraza, a la que sólo por un instante se asomó el propietario para hacer con la mano una indicación innecesaria, de manera que, sin que su presencia lo convirtiera en una figura descriptible, su autoridad quedara patente.
Pocos días después, cuando la comunidad se reunió para hablar de los desperfectos de la escalera, el secretario del nuevo vecino entregó un cheque por una cantidad tres veces mayor de la estimada.
“Un auténtico hijo de puta”, manifestó el portero.
A causa de un problema en un tímpano, ella oye a veces un zumbido inexistente.
Algunas noches, mientras ella duerme, él permanece despierto, escuchando esa sonatina de olas mentales.
El amor tiene esas cosas.
Mi calle es normal, las aceras están rotas y no hay árboles, pero hay tiendas.
Primero está la mercería. Quedan pocas en la ciudad, pero en estos barrios siempre hay alguna porque la gente todavía cose y habla de ello. Entre nosotras nos gusta comentar: voy a hacerle esto a mi sobrina o me tengo que cambiar estos botones. Debo desde hace meses varios metros de blonda, unos visillos, media docena de carretes de hilo, así que procuro pasar poco por allí, pero tampoco puedo dejar de pasar del todo porque entonces empezarán a pensar que no voy a pagarles. La cuenta de la frutería, que está cerca, suelo saldarla a los tres o cuatro días, con regularidad, pero a costa de ir acumulando pequeños préstamos en otros sitios.
Al principio todo parecía sencillo. Seguir leyendo ‘Lo que se dice una ruina’ »