Archivos de la categoría ‘Relatos’

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12 12 2008, 20:53

Rumor

A causa de un problema en un tímpano, ella oye a veces un zumbido inexistente.
Algunas noches, mientras ella duerme, él permanece despierto, escuchando esa sonatina de olas mentales.
El amor tiene esas cosas.

9 11 2008, 15:39

Feng shui

El redactor de frases del día de la agenda había elegido para aquel miércoles una de Nietzsche que venía a decir que la invención del alma había supuesto la esclavitud del cuerpo, o algo así. Agendas de empresa, decían. Gruesa, encuadernada en piel negra con el logotipo rojo de Plásticos Clástic, tricolumnadas las páginas, y con las fechas y líneas en color salmón pálido.
Pero Rodríguez no prestó atención a la frase. En la columna del día siguiente, en el sector de las diez de la mañana, apuntó presupuesto montacargas y murmuró se acabaron las quejas.
La ventana daba a una calle de cemento sin aceras y llena de almacenes. Después de hacer la anotación, miró hacia afuera y se fijó en la pared de enfrente. En medio del lienzo recién blanqueado alguien había escrito con pintura de spray negra rodríguez capuyo. Estaba en letras minúsculas y con rápida caligrafía, como de un sólo trazo, pero lo descifró enseguida y sintió una punzada de rabia: ese Rodríguez soy yo, seguro, dijo en voz alta. ¿Quién habrá sido el mamón y para qué pagamos la vigilancia nocturna del polígono? Por otra parte, ¿cuántos Rodríguez hay aquí? Encendió el ordenador y consultó el directorio. Jóder, ninguno, qué raro. Seguir leyendo ‘Feng shui’ »

11 10 2008, 20:54

El capitán embustero

Parece un monaguillo gigante, adoctrinado para ordenar las vinajeras, colocar el paño escrupulosamente sobre el cáliz, hacer sonar la campanilla exigiendo, sin necesidad, un silencio de catedral desierta. Durante la misa, robará el cepillo de las limosnas y le echará la culpa al monaguillo travieso.
Y a sus órdenes tenemos que dar la vuelta al mundo.
Cuando tomó el mando, nos reunió a todos en cubierta y nos pidió perdón por atreverse a pensar que podría ser digno de dirigirnos. Los oficiales estábamos atareados en pavonearnos, pero ahora comprendo que debimos darle más importancia al escalofrío ondulatorio que recorrió las filas de la marinería ante la humildad exagerada de alguien que encaja perfectamente en el perfil establecido por la meritocracia, fundado, no en los servicios prestados, sino en la duración de los mismos. Fiel a su costumbre, el sistema burocrático hizo de la permanencia sinónimo de competencia. En los buques, sin embargo, el tiempo vale muy poco y cualquier variación del aire está llena de presagios.
Es torpe y vago. No acaba las frases ni las misiones. De hecho, nunca se le ha oído decir nada que no sea un camuflaje, y jamás se le ha conocido una iniciativa que no sea simple fachada. En cuanto un rumbo se hace difícil, lo cambia. Pero tiene una audacia inaudita (según algunos, de carácter patológico) que le permite presentar como ausencia de fracasos lo que es simple inactividad. Sin acciones, no hay errores: esa es una de las claves de su estrategia. Otra es la sumisión al almirantazgo. Incluso aunque éste, lejano, no emita dictado alguno, el capitán hace peregrinas interpretaciones de lo que podrían ser sus deseos y busca siempre que sean otros los que realicen el trabajo para adjudicarles los fallos y atribuirse los aciertos. Seguir leyendo ‘El capitán embustero’ »

1 10 2008, 21:28

Evolución de las puertas

Aunque el planeta no estaba habitado, puso un cuidado casi neurótico en aterrizar sin ruido. Al salir, se aseguró de que la puerta quedaba bien cerrada. El aire era limpio y saludable. La vegetación, sencilla. La estrella, de clase G, comenzaba un atardecer sobre un lago. Del horizonte nacían dos lunas. Se sentó cerca de la orilla, sacó un libro de Kafka y leyó:

Todo hombre lleva dentro una habitación. Se puede comprobar este hecho incluso acústicamente.

En el margen, escribió:

Por suerte, las naves espaciales no tienen llaves que olvidar dentro, como las casas antiguas, para quedarse en el porche esperando que llegue alguien y nos abra.

21 09 2008, 21:22

Exposición de Jan Klönsics en el Museo Municipal de Bellas Artes de Santander

(De nuestro corresponsal)

Desde sus primeros trabajos con técnicas avanzadas de representación holográfica e incursiones n-dimensionales basadas en p-branas y supercuerdas, la obra del tharsiano Jan Klönsics ha venido evolucionando hasta afirmar sus raíces en el despojamiento de la fotografía bidimensional (”esa impostura maravillosamente real”, define en el catálogo). Así, son claramente identificables sus reconocidas deudas con Paul Strand, Albert Stieglitz, Dorotea Lange y, por supuesto, el Atget descubierto cuando la distancia permitió comprenderlo.
La exposición que durante los próximos tres meses estará presente en el Museo de Bellas Artes de Santander (MBAS) es el resultado no sólo de cinco años de esfuerzo físico e intelectual, sino también de un empeño ejemplar para, después de arduas negociaciones, obtener los visados institucionales y los mecenazgos que le han permitido durante ese lustro desplazarse en naves superluminales por el universo y poder ofrecernos un centenar de imágenes que sorprenden por la viveza radical con que postulan el estatismo desde su génesis en un cosmos de movimientos excesivos. Seguir leyendo ‘Exposición de Jan Klönsics en el Museo Municipal de Bellas Artes de Santander’ »

11 09 2008, 21:57

Salacot

Conocí a un tipo en Venus que usaba salacot. Se llamaba Gaspar Blanco. Fue uno de los encargados de organizar cuadrillas de trabajo en las primeras cúpulas de la terraformación, cuando todo estaba a medio hacer, el calor era insoportable y la gente sucumbía a la fatiga sacando mineral a mano porque, por un error de cálculo, las personas llegaron tres años antes que las máquinas. La producción no podía demorarse. Los cargueros esperaban. Ya saben cómo son esas cosas.
- Salacot es palabra bifronte - solía decir Blanco.
No había sistemas de ventilación. Se filtraban gases tóxicos por las juntas de los refugios. La gente se sentaba a esperar turno a las bocas de las minas. Poca comida, agua caliente, pocas distracciones y mucha desesperación. La ropa se caía a jirones, arañada por las galerías estrechas. Aquello que los empleados de la compañía, equipados con trajes de seguridad, llamábamos mineros en los informes triunfales a la Tierra eran hombres desnudos que se pintaban el cuerpo con la pintura gris verdosa destinada a proteger las excavadoras. Alguien había descubierto que alimentaba y era cicatrizante. O eso creían. Gaspar Blanco les dijo eso para que estuvieran entretenidos y ellos lo aceptaron como tantas otras cosas, porque sabían que en la Tierra todo era aún era peor. (Se preparaba la Otra Guerra. Después ha habido otras, pero los que vivimos aquella la seguimos llamando así). Pintados y abatidos, parecían reptiles. Por fin había reptiles en Venus.
Gaspar Blanco había sido educado en la depredación burocrática. Descendía de varias generaciones de jefes de avanzadillas. Yo me ocupaba de la intendencia, es decir, casi de la nada, y pasé muchas horas con él en su despacho, donde exhibía una fila de fotografías enmarcadas de sus antepasados, todos con idénticos sombreros de corcho forrados de tela color hueso. Estaban su tatarabuelo en Filipinas abanicado por una joven tagala, su bisabuelo en la Guinea Ecuatorial degustando cerveza en un porche, su abuelo acodado en la borda de un barco en Zanzíbar, una mujer de ojos negros con un niño en brazos ante una rampa de lanzamiento (ambos con salacots, pero el del niño de tiras de caña). Y sobre la mesa tenía una holografía de sí mismo vestido de explorador de selvas. En el Venus medio habitable no podía llevar polainas porque abundaban los charcos de ácido, pero conservaba el aspecto general de un hombre designado con acierto para reglamentar la conquista de un lugar inhóspito. Sudaba, sonreía, acariciaba la culata de la pistola, miraba al exterior por la luna blindada, se aseguraba de que cada turno estaba en su agujero y se lamentaba de que el ventilador fuera tan lento.
Incluso, en momentos de tedio, parecía ir a iniciar el gesto de quien maneja un matamoscas, pero, por suerte, en Venus todavía no había moscas: llegaron después, mutaron y acabaron con la mitad de los colonos, aunque eso no fue relevante porque para para entonces ya estaban allí las máquinas. Después se perfeccionaron los reductos y las moscas fueron expulsadas. Sin embargo, misteriosamente, sobrevivieron. Y dicen que cada vez son más grandes. Debe de haber algún depósito orgánico que las alimenta. A veces se posan por millones en las cúpulas para observar a los humanos y quitan la poca luz que deja pasar el mar de nubes, pero eso es lo de menos. Gente como Blanco trajo su propia luz, y esa ha quedado dentro. Otros nos fuimos en cuanto pudimos pagarnos la huida.
Volví años después y fui a visitarlo. Yo había hecho algún dinero en el cinturón de Kuiper, acarreando condritas a las esferas artificiales de Neptuno. Pero Gaspar Blanco se había hecho inmensamente rico, primero con las minas, luego vendiendo cubiertas reflectantes para chozas, después monopolizando las casas prefabricadas y los burdeles y, por fin, cuando los conglomerados del subsuelo se definieron como auténticas ciudades, controlando el tráfico e instalación de aparatos refrigerantes, es decir, el negocio del frío, el más lucrativo en los planetas interiores.
Me recibió en su nuevo despacho, una de cuyas paredes era un acuario. Las fotografías tenían marcos nuevos, la holografía me pareció más nítida. El sombrero colonial era la única prenda en una percha-árbol de caoba. Recordamos las partidas de go, la falta de café, el mal olor de la explanada de las minas…
Cuando mi nave salió del astropuerto, las cúpulas me parecieron salacots entrometidos en el albedo del planeta.

30 08 2008, 14:01

La prueba de Turing y el muro de la simetría

- Esto es un poco…
- ¿Penoso?
- Sí. Quizá sea esa la palabra… El caso es que me han encargado que determine si es usted una máquina.
- Es curioso. A mí me ocurre lo mismo. He recibido el mismo encargo.
- ¿Me está diciendo que cree que yo soy una máquina?
- No. No he dicho eso. Y prefiero no creer nada. Detesto los apriorismos. De momento sólo cuento con los hechos. Usted está frente a mí en una órbita atípica. Las radios sintetizan nuestras voces de igual manera y yo tengo que decidir si usted es humano o no. En caso negativo, no puedo permitir que siga su camino.
- Ya veo. Esas afirmaciones son válidas para ambos, aunque no acepto que considere mi órbita extraña…
- En todo caso, deduzco de sus palabras anteriores que usted va a intentar convencerme de que es un ser humano y que se propone descubrir en mí una supuesta condición de máquina. Pero nada me obliga a aceptar como principio que es usted una inteligencia biológica. De hecho, su precipitación en afirmar que no lo es me resulta sospechosa.
- Nadie se precipita al manifestarse como lo que es.
- No estoy de acuerdo. Los humanos siempre estamos tratando de ocultarlo.
- Ese es un sofisma casi delator; parece propio de un ordenador barato. Sólo pregunté si usted pretendía afirmar que yo soy una inteligencia artificial. Digamos que me sorprendió que el objeto de mi estudio pretendiera estudiarme.
- Algo muy humano, esa sorpresa, ¿no le parece? Por no hablar del orgullo.
- Sí, claro, puesto que soy humano.
- Estereotípicamente humano, diría yo. Muy probablemente, una máscara para ocultar un robot, ya que todo disfraz suele estar hecho de lugares comunes.
- ¿Sabe usted lo que son los koan? Seguir leyendo ‘La prueba de Turing y el muro de la simetría’ »

16 08 2008, 13:54

Anotación en el parapeto (o Un saludo a Chris Marker)

Arrodillado en la trinchera, al abrigo de una galería, apoyado en un cajón de municiones, en un papel que había contenido sulfamidas, escribió:

Aquel hombre no estaba obsesionado por ninguna imagen. Eso le permitía deslizar la vista por el panorama de la vida sin intentar una y otra vez el regreso a una visión real o ideal o idealizada o realizada, como las de los iconos religiosos, los encuentros sexuales iniciáticos o el momento en que una familia acudió a un aeropuerto.
Aunque recordaba muy bien todos los detalles de su pasado que la razón o la emoción le señalaban como importantes, no se sentía tentado a huir hacia ellos en las situaciones difíciles, a la manera de aquel personaje de Vonnegut, ni encontraba en ninguna de las instantáneas recordadas una acuciante llamada del misterio.
Quizá le hubiera gustado tener entre ellas la estampa de un embarcadero ante una caudalosa corriente fluvial al amanecer o al atardecer, obligada a aquietarse entre dos luces en un paraje boscoso; pero esa situación, en la que parecía esperar una barca que se acercaba acompasada con los movimientos de las ramas de los árboles reflejadas en el agua (demasiado nítidas para ser ciertas), no se había producido nunca, y tampoco otra similar.
Cuando trataba de reflexionar sobre la necesidad de buscarse una imagen recurrente en su vida, la sensación dominante era la de que aún estaba todo por hacer
.

Firmó, se ajustó el casco y se propuso sobrevivir a aquella locura.

16 08 2008, 13:50

Evolución II - Los anfibios

Mi psicoanalalista habló claro: -Está usted bajo la nefasta influencia de Howard Phillips Lovecraft -dijo abriendo mucho los ojos esféricos dotados de una rara autonomía y tensando con una sonrisa la tez aceitunada.
Nada más salir de la consulta, tropecé con el cartel:

¿ARRUGAS?
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Notas legales: 1. Previo estudio de características. Porcentaje estimado de rechazo: 20%. Consecuencias del rechazo no documentadas. 2. Aplicación mínima. Resultados óptimos: entre tres y seis aplicaciones diarias. Decremento progresivo del rendimiento por aumento de la tolerancia. Efectos secundarios (informe en trámite en la Organización Mundial de la Salud): exoftalmia, verdosidad cutánea, pruritos ansiosos.

16 08 2008, 13:40

Clásico negro

Solía fingirse fascinado por la ausencia de reflejos en el cenicero de alabastro negro que reinaba en el centro de la mesa como la pila de un baptisterio. Yo, como buen esbirro, llevaba años observándolo. Cada vez que me hacía llamar, comenzaba la ceremonia con unos segundos de silencio ante la pieza de piedra. Después, el jefe lanzaba un halago y a continuación enumeraba las instrucciones.
Aquella tarde, ya casi noche, era de perros: aullaba, tronaba, salpicaba, se hacía odiar.
-Eres el hombre más eficaz que tengo -dijo.
Ya conocía el discurso, y anticipé cada paso: me invitó a sentarme, se levantó, anduvo hasta el bar bola del mundo, desmanteló un hemisferio Seguir leyendo ‘Clásico negro’ »

16 08 2008, 13:32

Evolución I - Los peces

El candidato a seguir siendo alcalde prometió peces luminosos para todos y ganó las elecciones.
Poco antes de que comenzara la estación de los mítines, una compañía californiana había puesto a la venta peces de colores que brillaban en la oscuridad. Se habían mezclado sus genes con otros de medusas. Había peces rojos, verdes y amarillos. Eran pequeños y vivarachos. La Golden Gate Asterfish Corp., que poseía las patentes del producto, los vendía a trescientos euros el ejemplar, un precio muy elevado para la época. La promesa dio en el blanco (target, para el director de campaña) y el candidato ganó por mayoría absoluta.
Hubo cierto escepticismo, pero el alcalde Seguir leyendo ‘Evolución I - Los peces’ »

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