(De nuestro corresponsal)
Desde sus primeros trabajos con técnicas avanzadas de representación holográfica e incursiones n-dimensionales basadas en p-branas y supercuerdas, la obra del tharsiano Jan Klönsics ha venido evolucionando hasta afirmar sus raíces en el despojamiento de la fotografía bidimensional (”esa impostura maravillosamente real”, define en el catálogo). Así, son claramente identificables sus reconocidas deudas con Paul Strand, Albert Stieglitz, Dorotea Lange y, por supuesto, el Atget descubierto cuando la distancia permitió comprenderlo.
La exposición que durante los próximos tres meses estará presente en el Museo de Bellas Artes de Santander (MBAS) es el resultado no sólo de cinco años de esfuerzo físico e intelectual, sino también de un empeño ejemplar para, después de arduas negociaciones, obtener los visados institucionales y los mecenazgos que le han permitido durante ese lustro desplazarse en naves superluminales por el universo y poder ofrecernos un centenar de imágenes que sorprenden por la viveza radical con que postulan el estatismo desde su génesis en un cosmos de movimientos excesivos. Seguir leyendo ‘Exposición de Jan Klönsics en el Museo Municipal de Bellas Artes de Santander’ »
La idea es contar un viaje sin decir nombres de lugares, personas, monumentos y, en general, sin dar referencias concretas sobre el itinerario o las poblaciones visitadas y sin mostrar en las imágenes, si aparecen, la información directa. ¿Recogería eso la esencia de un viaje? Yo creo que no existe tal esencia, pero, semejante esquema, sin asomo de objetividad, ¿será algo más interesante que una adivinanza? ¿Soportará algún lector tal tiranía del autor, el único con nombre propio declarado, en un relato que se pretende no ficción? En todo caso, la pretensión es tan humilde como egoísta: sólo pretendo divertirme haciendo un juego complementario del viaje mismo. Si se divierten otros, mejor todavía. La peripecia se puede seguir en este enlace.
En la esquina de la ferretería. En la esquina de la pastelería. Aunque no es homofonía, una imprecisa homogeneidad sonora se manifiesta en los derivados profesionales, como si el artefacto del lenguaje hubiera sido perezoso a la hora de distinguir los sonidos de los nombres de lugares propicios para las citas; y hay que añadir al problema las malas condiciones de la comunicación: en el teléfono, de fondo, se oía música lejana, parásita, tonta.
El primero en llegar se apostó en la esquina de la ferretería. Hizo lo que todo el mundo: miró el reloj (era un poco pronto), oteó calle arriba, calle abajo, la otra acera. En la esquina de la pastelería se situó poco después el otro, que llegó por la cara oculta del edificio, e hizo los mismos gestos, pero añadió el acto también común de encender un cigarrillo. El otro no fumaba: mascaba chicle. El chicle lo desenvolvió cuando comprobó que su amigo llevaba diez minutos de retraso.
Bajo la esquina de la pastelería, el fumador, al tercer cigarrillo, se quedó sin tabaco, pero no se atrevió a ir en busca de otro paquete por si en eso llegaba el otro y se creía que era él el retrasado. Así que se puso más nervioso. A los quince minutos de espera ya estaba cabreado.
Era el final de la tarde. Por la esquina de la ferretería anochecía primero; en el escaparate, el crepúsculo se apoderó de una llave grifa roja, de un martillo, unas tenazas, unos guantes de operario de altos hornos. Un poco después llegó el ocaso al territorio de los pasteles, ya un poco apelmazados, de la tarde pasada sin golosos. El que esperaba allí no quería mirarlos por no parecer glotón y porque ya no estaba de humor. El otro, sin embargo, no quitaba ojo del martillo. El de la pastelería ya no estaba ni cabreado. Su enfado era lento y cáustico. Entró al bar sin prisas, compró tabaco, encendió un cigarrillo, salió, se alejó de la esquina, miró atrás, paró un taxi, subió. Mientras el vehículo se alejaba, miró atrás de nuevo.
El de la ferretería se alejó caminando con las manos en los bolsillos.