Citas

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6 02 2010, 21:21

Días sin obras

Antes de que los estadounidenses abrieran el Canal de Panamá, lo intentaron los franceses. La empresa fue impulsada por Lesseps, que había triunfado en Suez abriendo una zanja en el desierto con ideas que no pudo aplicar en la selva. El intento duró más de diez años. No existe un dato aceptado sobre las vidas que costó, aunque se considera que fueron más de 20000. Por lo visto, es mucho más difícil calcular en vidas que en dinero porque los seres humanos son fácilmente reemplazables. Por eso el escándalo de la excavación inacabada, una gran tumba, sólo fue financiero.
Los promotores abandonaron; los obreros supervivientes, venidos de todas partes del mundo, fueron despedidos y repatriados. Los hospitales construidos para apenas paliar los estragos de la malaria, las residencias de los ingenieros, las carreteras, los terraplenes, los talleres, las grandes dragas, las excavadoras a vapor, las líneas telegráficas y telefónicas, todo fue entregado al regreso de la selva a lugares con nombres de arquitecturas fantásticas, como el desviado río Chagres o el tajo brutal de La Culebra.
Mientras los franceses fracasaban y comenzaban a definir el retroceso de Europa, los norteamericanos iban cimentando la política que conduciría a la separación de Panamá de Colombia y a la conclusión del paso que dividiría las Américas.
Durante los años de inacción entre los dos proyectos de juntar los mares, el periodista Richard Harding Davis visitó la zona y se sorprendió del raro orden en que encontró los edificios, herramientas y maquinaria. Pese al empuje de la vegetación, las cosas presentaban una calma cartesiana, inquietante, como de un cuartel rendido sin perder la disciplina a un ejército enemigo que no tuviera prisa por ocuparlo.

We had read of the pathetic spectacle presented by thousands of dollars’ worth of locomotive engines and machinery lying rotting and rusting in the swamps, and as it had interested us when we had read of it, we were naturally even more anxious to see it with our own eyes. We, however,
did not see any machinery rusting, nor any locomotives lying half buried in the mud. All the
locomotives that we saw were raised from the ground on ties and protected with a wooden shed,
and had been painted and oiled and cared for as they would have been in the Baldwin Locomotive Works. We found the same state of things in the great machine-works, and though none of us knew a turning-lathe from a sewing-machine, we could at least understand that certain wheels should make other wheels move if everything was in working order, and so we made the wheels go round, and punched holes in sheets of iron with steel rods, and pierced plates, and scraped iron bars, and climbed to shelves twenty and thirty feet from the floor, only to find that each bit and screw in each numbered pigeon-hole was as sharp and covered as thick with oil as though it had been in use that morning.

Habíamos leído acerca del lamentable espectáculo ofrecido por locomotoras y maquinaria valoradas en miles de dólares que yacían pudriéndose y oxidándose en las ciénagas, y como nos había interesado al leerlo, estábamos aún más ansiosos por verlo con nuestros propios ojos. Sin embargo, no vimos ni máquinas oxidadas ni locomotoras medio enterradas en el fango. Todas las locomotoras que encontramos estaban firmes sobre el terreno y protegidas con cobertizos de madera, y habían sido pintadas y engrasadas y atendidas como lo hubieran hecho en las Industrias Baldwin en Filadelfia. El mismo estado de cosas encontramos en los talleres, y aunque ninguno de nosotros conocía ni el torno de una máquina de coser, podíamos al menos comprender que ciertas ruedas podrían mover a otras si cada cosa estaba en su lugar, y así hicimos a las ruedas dar vueltas y perforamos agujeros en hojas de hierro con varillas de metal y horadamos chapas y recortamos barras de hierro y trepamos a estanterías situadas a veinte y treinta pies del suelo, sólo para encontrar que cada pieza y tornillo relucía en su casilla numerada bajo una capa de aceite como si hubiera sido usado esa mañana.
17 01 2010, 18:49

Haití

Pero, a la vuelta de un sendero, las plantas y los árboles parecieron secarse, haciéndose esqueletos de plantas y de árboles, sobre una tierra que, de roja y grumosa, había pasado a ser como de polvo de sótano. Ya no se veían cementerios claros, con sus pequeños sepulcros de yeso blanco, como templos clásicos del tamaño de perreras. Aquí los muertos se enterraban a orillas del camino, en una llanura callada y hostil, invadida por cactos y aromos. A veces, una cobija abandonada sobre sus cuatro horcones significaba una huida de los habitantes ante miasmas malévolos. Todas las vegetaciones que ahí crecían tenían filos, dardos, púas y leches para hacer daño. Los pocos hombres que Ti Noel se encontraba no respondían al saludo, siguiendo con los ojos pegados al suelo, como el hocico de sus perros. De pronto el negro se detuvo, respirando hondamente. Un chivo, ahorcado, colgaba de un árbol vestido de espinas. El suelo se había llenado de advertencias: tres piedras en semicírculo, con una ramita quebrada en ojiva a modo de puerta. Más adelante, varios pollos negros, atados por una pata, se mecían, cabeza abajo, a lo largo de una rama grasienta. Por fin, al cabo de los Signos, un árbol particularmente malvado, de tronco erizado de agujas negras, se veía rodeado de ofrendas. Entre sus raíces habían encajado -retorcidas, sarmentosas, despitorradas- varias muletas de Legba, el Señor de los Caminos.

Alejo Carpentier. El reino de este mundo.
30 11 2009, 19:09

En el margen de un pergamino

Paréceme inútil que sigamos escribiendo. ¿No hay demasiadas obras? Creo que ya ha salido de las plumas cuanto un buen lector puede desear y mucho más de lo que pudiera llegar a leer. Nadie necesita nuevas páginas, que además no son sino repeticiones, variaciones de las mismas materias que ya establecieron nuestros clásicos y que los modernos simplemente han empobrecido anegando en los piélagos de la providencia lo que era gran variedad de corrientes paganas. Sólo una gran mutación de la cultura, o sea, de la vida en el mundo y sus ciudades, sacaría del círculo estéril la posibilidad de encontrar nuevas novelas, nuevos poemas, nuevos dramas, comedias o tratados amatorios. Algunos fingen superar ese frío abrazo pretendiendo trastocar los cánones y géneros, pero el recuerdo de las constricciones e intenciones reaparecen en cada párrafo como cuando el aceite se separa pertinazmente del agua, recordando que nuestro pensamiento busca las formas que le dieron vida y que pocos ejercicios azarosos de nuevos contadores, novísimos líricos o audaces imagineros sirven para entregar al olvido la arquitectura de los sueños, de la que se nutren por igual nuestro universo y nuestras pasiones. Y puede que llegue el día en que los escritores sólo escriban para otros escritores con los que celebrar sus ceremonias y sus parafernalias y lustrar cortes y torneos. Y entonces se habrá mordido la cola la serpiente del aburrimiento. Paréceme inútil, pero pienso también que no hay dique que no se rompa ni placer que no retorne cabalgando un dragón loco.

Anotación en una página de las Peroratas desde la cresta del espolón, de Interdicto de Santanderio, chantre, bufón y secreto hereje.
13 09 2009, 13:02

Ardua labor de Quignard

Siempre he querido mostrar algo diferente del lenguaje. Evocar lo que está más cerca del nacimiento, más cerca del origen, cerca de la desorientación. De hecho, lo que me atrae es lo que se encuentra antes del aprendizaje de la lengua. Intento hacer surgir algo más antiguo que lo culto, lo civilizado, lo bien dicho.

Pascal Quignard. Entrevista en Le Monde por Raphaëlle Rérolle
16 05 2009, 18:22

Rescoldos

Escrito por los estudiantes de la Universidad Burdeos-III en el pasillo que conduce a la sala de reuniones del Comité de Movilizaciones contra la Ley de Reforma Universitaria:

Ya va siendo hora de reavivar las estrellas.

Guillaume Apollinaire.
29 04 2009, 21:09

Víspera

La última barricada de las jornadas de mayo está en la calle Ramponneau. Durante un cuarto de hora, todavía la defiende un solo federado. Tres veces llega a romper el asta de la bandera versallesa izada en la calle de París. Como premio a su valor, el último soldado de la Comuna consigue escapar.

Prosper-Olivier Lissagaray. Historia de la Comuna de 1871.
29 03 2009, 19:57

Manos

Hay dos momentos de narraciones diferentes que muestran lo que me parece una interesante comunidad de gestos. El primero pertenece a uno de los raros relatos de Edgar Alan Poe con final feliz, aunque para llegar a él su protagonista, un librepensador prisionero de los ancestros de Ratzinger, antes debe recorrer, sin moverse de las tinieblas, todos los laberintos del infierno. Así acaba El pozo y el péndulo (1842):

Llegó, por último, un momento en que mi cuerpo, quemado y retorcido, apenas halló sitio para él, apenas hubo lugar para mis pies en el suelo de la prisión. No luché más, pero la agonía de mi alma se exteriorizó en un fuerte y prolongado grito de desesperación. Me di cuenta de que vacilaba sobre el brocal, y volví los ojos…
Pero he aquí un ruido de voces humanas. Una explosión, un huracán de trompetas, un poderoso rugido semejante al de mil truenos. Los muros de fuego echáronse hacia atrás precipitadamente. Un brazo alargado me cogió del mío, cuando, ya desfalleciente, me precipitaba en el abismo. Era el brazo del general Lasalle. Las tropas francesas habían entrado en Toledo. La Inquisición hallábase en poder de sus enemigos.

El otro está en el Capítulo V del Libro III de Los miserables (1862) de Víctor Hugo. Jean Valjean se dispone a rescatar a la pequeña Cosette de las garras de los Thenardier, estereotipo de la explotación infantil, que la han enviado de noche al bosque por agua:

Hecho esto quedó abrumada de cansancio. Sintió frío en las manos, que se le habían mojado al sacar el agua, y se levantó. El miedo se apoderó de ella otra vez, un miedo natural e insuperable. No tuvo más que un pensamiento, huir; huir a toda prisa por medio del campo, hasta las casas, hasta las ventanas, hasta las luces encendidas. Su mirada se fijó en el cubo que tenía delante. Tal era el terror que le inspiraba la Thenardier, que no se atrevió a huir sin el cubo de agua. Cogió el asa con las dos manos, y le costó trabajo levantarlo.
Así anduvo unos doce pasos, pero el cubo estaba lleno, pesaba mucho, y tuvo que dejarlo en tierra. Respiró un instante, después volvió a coger el asa y echó a andar: esta vez anduvo un poco más. Pero se vio obligada a detenerse todavía. Después de algunos segundos de reposo, continuó su camino. Andaba inclinada hacía adelante, y con la cabeza baja como una vieja. Quería acortar la duración de las paradas andando entre cada una el mayor tiempo posible. Pensaba con angustia que necesitaría más de una hora para volver a Montfermeil, y que la Thenardier le pegaría. Al llegar cerca de un viejo castaño que conocía, hizo una parada mayor que las otras para descansar bien; después reunió todas sus fuerzas, volvió a coger el cubo y echó a andar nuevamente.
- ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! -exclamó, abrumada de cansancio y de miedo.
En ese momento sintió de pronto que el cubo ya no pesaba. Una mano, que le pareció enorme, acababa de coger el asa y lo levantaba vigorosamente. Cosette, sin soltarlo, alzó la cabeza y vio una gran forma negra, derecha y alta, que caminaba a su lado en la oscuridad. Era un hombre que había llegado detrás de ella sin que lo viera.
Hay instintos para todos los encuentros de la vida. La niña no tuvo miedo.

En los dos textos encuentro la transparencia de recursos y la sencillez de la literatura que todavía no se recreaba en la conciencia de sí misma. (Huelga decir que transparencia y sencillez no quieren decir banalidad ni simpleza.) Lectores y autores no eran todavía invenciones mediáticas, y el oficio podía entregar una precisa partitura de frases naturales para presentar el curso del miedo y el dolor hasta el remanso de una mano que desciende de las alturas.
En el caso de Poe, la aseveración final tiene un valor de deseo histórico, una apuesta por la libertad, no sólo del prisionero, sino también de una sociedad atenazada por el integrismo del Antiguo Régimen, con el que parece querer acabar en una suerte de Apocalipsis laico: trompetas, truenos, rugidos y huracanes contra los inquisidores.
En el caso de Hugo, la perspectiva infantil, de cuento de bosque y lobos, añade la figura del gigante como una aparición paradójica, enorme y oscura, que sin embargo, con un gesto único, libera a la niña del peso insoportable del cubo, de los terrores de la noche y del recuerdo de la esclavitud que la espera en una casa a la que no quiere volver. Hugo hace además una apuesta por el instinto, y el miedo desaparece.
En los dos relatos, y eso es lo que me resulta más atractivo, la eficacia de la conclusión reside en las manos que surgen cuando todo parece perdido. Ambos eligen como acto liberador el movimiento más primario de ayuda a un semejante: sujetarlo para que no caiga. Y el lector, de pronto, se siente a salvo.

22 02 2009, 13:35

El pez y el deseo

Bajo la lámpara de mi escritorio, en un plato de porcelana blanco ribeteado de rojo, yace una platija, amorfa y viscosa. En el tiempo de una breve meditación, los aromas marinos y yodados van dejando sitio a un olor equidistante de la cocción y del ahumado. ¿Superaré la prueba? He decidido abandonar los libros y la biblioteca para interrogar a la que Linneo llama afectuosamente ‘Pleuronectes platessa’ acerca de lo que la filosofía occidental ha querido decir sobre el amor, el deseo, el placer, desde que un filósofo griego, amante de las cavernas más que de las riberas, se empeñó en comparar a los humanos con los peces planos e incluso con las ostras. Porque me gusta invocar al bestiario acuático y marino para expresar con brevedad lo que los largos discursos no llegan a veces a transmitir. Tomemos, pues, la platija para tratar de aclarar el misterio del deseo.

Michel Onfray. Teoría del cuerpo amoroso.
28 12 2008, 21:57

Diferencia y servicio

Los occidentales utilizan, incluso en la mesa, utensilios de plata, de acero, de níquel, que pulen hasta sacarles brillo, mientras que a nosotros nos horroriza todo lo que resplandece de esa manera. Nosotros también utilizamos hervidores, copas, frascos de plata, pero no se nos ocurre pulirlos como hacen ellos. Al contrario, nos gusta ver cómo se va oscureciendo su superficie y cómo, con el tiempo, se ennegrecen del todo. No hay casa donde no se haya regañado a alguna sirvienta despistada por haber bruñido los utensilios de plata, recubiertos de una valiosa patina.

Jun’ichirö Tanizaki (谷崎潤一郎). Elogio de la sombra.
5 12 2008, 19:39

Más tristezas

No se llamaba Ismael.

La acobardada ciudad vigilaba al mediodía.

Durante mucho tiempo se había estado acostando muy tarde.

Nunca se molestó en buscar a la Maga.

Gregorio Samsa despertó aquella mañana después de un sueño apacible y comprobó que seguía siendo un bípedo corriente.

2 12 2008, 15:50

Tristeza

Nunca lo llevaron a conocer el hielo.

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