Ginoide ante el espejo
Erinia Cien, robot de avanzados sistemas biónicos diseñado y fabricado por la profesora Bilas Vartik, llevaba casi dos años funcionando ininterrumpidamente cuando tomó conciencia de los espejos. Esa fue la primera vez que hubo que apagarla para unos reajustes serios.
El aprendizaje de las máquinas sofisticadas suele ser lento en ciertos aspectos. La comprensión de la propia imagen es uno de ellos. Hasta la fecha, los programas sólo han podido resolver el registro de la belleza, como el del azar, con métodos pseudo-aleatorios.
Las propiedades físicas de los objetos reflectantes que veía por todas partes estaban claras para Erinia. Comprendía perfectamente que la inversa de la distancia focal de una superficie especular es por fuerza igual a la adición de la inversa de la distancia de la superficie del espejo al rostro que lo contempla y la inversa de la suma de la imagen representada. Y las consideraciones técnicas de la devolución de fotones no dieron paso a un problema de índole algorítmica hasta que una tarde de mayo se produjo la confluencia de circunstancias obligada en toda crisis científica.
Hay que decir que las visitas al excusado de la robot no eran frecuentes. Las pocas que realizaba eran debidas a simples cambios de fluidos que por alguna razón no habían sido hechos durante las revisiones rutinarias en el laboratorio o se habían adelantado a éstas. Dichas visitas se limitaban al vertido en el inodoro de alguna ampolla desechable y biodegradable tras ser reemplazada por otra. Los residuos no necesitaban ningún tratamiento especial: cuestión de entrar, desencajar de su alvéolo en el antebrazo el tubo lleno de un líquido más blanco que la leche (exageradamente blanco y básico, pero con dinámica de mercurio), poner otro y lanzar el antiguo al remolino de la cubeta.
Aquella tarde, cuando Erinia tuvo la urgencia, la profesora Vartik (que por algo había exigido como parte de la dotación un cuarto de baño espacioso, alicatado en azul pálido y con un espejo que ocupaba una pared completa donde el lavabo parecía asomarse al vacío) acababa de disfrutar de una de sus largas sesiones de higiene y placer. Azulejos y espejo estaban cubiertos por un vaho que el sistema de ventilación deshacía lentamente. Además, quedaban en el aire moléculas de un suave perfume a minirrosas Overnight Scentsation cultivadas fuera de la gravedad terrestre.
Erinia tiró de la cadena, vio que una gota de líquido blanco había manchado uno de sus dedos (esta rara torpeza pudo ser el desencadenante primero de la crisis) y se dirigió al lavabo. Pero no llegó a abrir el grifo. Su rostro se le apareció en el lienzo plateado entre pinceladas de humedad, alejado de la idea que tenía de él y de las variaciones admitidas durante el tiempo transcurrido desde su encendido, y a la vez (de ahí el problema) difícil de encajar como una nueva variación almacenable en la memoria de posibilidades. Un error de programación, sin duda. Ningún algoritmo puede poseerlo todo, pero nadie negará que algo tan sencillo como la condensación del vapor de agua en forma de vaho sobre un espejo o superficie pulida debería haber sido previsto, o al menos sugerida, en términos de lógica borrosa.
La doctora Vartik ha visto mil veces la grabación que la cámara interna de la máquina hizo de la escena.
Tras unos minutos de inmovilidad, Erinia Cien se despojó de la ropa (pantalones vaqueros y camisa que la daban un aire de estudiante anónima algo pasada de moda hacia una suerte de existencialismo grunge) y, girando lentamente sobre sí misma, se contempló con toda la precisión de que era capaz, que era mucha.
Habían suturado bien la piel artificial y los dispositivos que se asomaban al exterior. La fórmula de transición entre las apariencias de los reinos de la naturaleza permitían que la supuesta carne mostrara sin pudor el titanio allí donde era necesario para dejar acceso a LEDs, puertos micro-USB y IEEE1394 y algunas ranuras de encaje de tarjetas y de sistemas de aireación que podrían haber pasado por branquias, pero estaban preparados para cerrarse en un medio acuático. Tampoco faltaba sobre la nalga derecha una plaquita color cobre con unos esquemas de vital importancia.
Recorrió varias veces la proyección de su figura. Detecto las variaciones de luz del vaho que se extinguía, estudió las fórmulas de relación entre la diferentes temperaturas de los píxeles de la imagen reflejada y los correspondientes a su cuerpo, que, como tienen en común máquinas y seres vivos, necesitaba perder energía para seguir funcionando. Comprobó con sus dedos, más precisos que cualquier inmersión, todos sus volúmenes. Es decir, hizo cálculos inútiles sobre proporciones y sensaciones. Podía haberlo hecho todo muy deprisa, pero lo hizo muy despacio. (La cantidad de placer obtenida de un acto deseado -postularía más tarde- es inversamente proporcional a la velocidad del acto siempre y cuando la expansión del calor del destello inicial no supere los límites del horizonte de frío.) Por fin, apoyó la palma de la mano donde los humanos tienen el sexo y detuvo todas sus funciones para escuchar el rumor de los motores eléctricos que hacían circular algo parecido a la sangre, cuyo color mantendremos en secreto.
Así, paralizada, la descubrieron horas más tarde. Cuando la conectaron de nuevo, lo primero que le dijo a Bilas Vartik, inclinada sobre ella mientras Skuhn recogía las herramientas, fue que quería algo semejante a los dispositivos que en la especie humana facilitan los orgasmos.
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