9 11 2008, 15:39

Feng shui

El redactor de frases del día de la agenda había elegido para aquel miércoles una de Nietzsche que venía a decir que la invención del alma había supuesto la esclavitud del cuerpo, o algo así. Agendas de empresa, decían. Gruesa, encuadernada en piel negra con el logotipo rojo de Plásticos Clástic, tricolumnadas las páginas, y con las fechas y líneas en color salmón pálido.
Pero Rodríguez no prestó atención a la frase. En la columna del día siguiente, en el sector de las diez de la mañana, apuntó presupuesto montacargas y murmuró se acabaron las quejas.
La ventana daba a una calle de cemento sin aceras y llena de almacenes. Después de hacer la anotación, miró hacia afuera y se fijó en la pared de enfrente. En medio del lienzo recién blanqueado alguien había escrito con pintura de spray negra rodríguez capuyo. Estaba en letras minúsculas y con rápida caligrafía, como de un sólo trazo, pero lo descifró enseguida y sintió una punzada de rabia: ese Rodríguez soy yo, seguro, dijo en voz alta. ¿Quién habrá sido el mamón y para qué pagamos la vigilancia nocturna del polígono? Por otra parte, ¿cuántos Rodríguez hay aquí? Encendió el ordenador y consultó el directorio. Jóder, ninguno, qué raro. …seguir leyendo »

30 10 2008, 21:34

Precisión

Estamos tan distraídos por el fragor mediático de la vida moderna y su banalidad que se nos ha olvidado festejar el 6012 aniversario de la creación de la Tierra.
Gracias al arzobispo James Ussher, desde el siglo XVII se sabe que nuestro planeta apareció a las 12 del mediodía del 23 de ocubre de 4004 a. C.

25 10 2008, 20:43

Leer un libro

Los responsables de un foro de Filosofía de secundaria han escogido como colofón del curso 2007/2008 la siguiente frase de un alumno:

No puedo opinar nada malo sobre este libro ya que ha sido el mejor libro de los pocos que he leído (todos mandados en clase), sólo tengo palabras buenas… Creo que voy a empezar a leer algún libro por voluntad propia a a partir de este año, que me he dado cuenta que no hay nada malo en ellos.

Parece ser que la inapetencia infantil procede en ocasiones de algún trauma o defecto de formación que impide apreciar el sabor como una fuente de placer. La comida no resulta atractiva y la alimentación parece un trabajo, es decir, una forma de tortura.
Puesto que el gusto por el arte o la literatura no va unida a una necesidad fisiológica de primer grado, el descubrimiento del placer de leer un texto o contemplar un cuadro se hace aún más difícil, y probablemente no necesite de ningún trauma: basta con la ignorancia o el predominio de otras alternativas. Basta con preferir el aburrimiento a un esfuerzo cuya finalidad no se aprecia. Basta, por otra parte, con dejarse llevar por la corriente dominante en un mundo en el que al tiempo que se exige aprender, se desdeña el aprendizaje de la crítica.
Por desgracia, sentirse atraído por la lectura (de momento el alumno del ejemplo sólo percibe que no encierra nada malo) es algo tan azaroso que parece delatar como inútiles las teorías que pretenden programar en el tiempo y el espacio el instante crucial en que un alumno se interese por la materia que estudia. Para algunos son teorías llenas de definiciones complejas y nombres largos cuya práctica camufla con un manglar de burocracia su renuncia a presentar el mundo como mejorable.
Por suerte, a veces el alumno obligado a leer, como el niño obligado a comer, encuentra un bocado que le gusta y descubre que ingerir alimentos no sólo no es malo, sino que además puede acercarlo a la sensualidad, es decir, a esa mezcla de lo inútil y lo placentero que quizá hasta ese momento consideraba asociada sólo a las cosas vetadas por la ortodoxia académica. Paradójicamente (porque la ortodoxia produce heterodoxia), ese descubrimiento es el que más daño puede hacer a ese mundo acrítico en el que nos movemos, y es probable (aunque no seguro) que conduzca al nuevo gourmet a una suerte de insatisfacción nacida del desarrollo del pensamiento crítico, de la exigencia de calidad literaria y del extraño tedio activo en que a veces se sume el lector habitual que de pronto no sabe qué leer. Pero esa insatisfacción será, por contra, el remedio contra el aburrimiento de los idiotas (definición clásica: ciudadano privado y egoísta que no se preocupaba de los asuntos públicos). O, por lo menos, así lo espero.

Nota. - Después de releer este artículo, se me apareció el espectro de un déjà vu (vulgo paramnesia), pero enseguida encontré alivio, seguramente narcisista, en esta frase del Tratado de Narciso de André Gide:

Todas las cosas ya han sido dichas; pero, como nadie escucha, es preciso repetirlas siempre.

11 10 2008, 20:54

El capitán embustero

Parece un monaguillo gigante, adoctrinado para ordenar las vinajeras, colocar el paño escrupulosamente sobre el cáliz, hacer sonar la campanilla exigiendo, sin necesidad, un silencio de catedral desierta. Durante la misa, robará el cepillo de las limosnas y le echará la culpa al monaguillo travieso.
Y a sus órdenes tenemos que dar la vuelta al mundo.
Cuando tomó el mando, nos reunió a todos en cubierta y nos pidió perdón por atreverse a pensar que podría ser digno de dirigirnos. Los oficiales estábamos atareados en pavonearnos, pero ahora comprendo que debimos darle más importancia al escalofrío ondulatorio que recorrió las filas de la marinería ante la humildad exagerada de alguien que encaja perfectamente en el perfil establecido por la meritocracia, fundado, no en los servicios prestados, sino en la duración de los mismos. Fiel a su costumbre, el sistema burocrático hizo de la permanencia sinónimo de competencia. En los buques, sin embargo, el tiempo vale muy poco y cualquier variación del aire está llena de presagios.
Es torpe y vago. No acaba las frases ni las misiones. De hecho, nunca se le ha oído decir nada que no sea un camuflaje, y jamás se le ha conocido una iniciativa que no sea simple fachada. En cuanto un rumbo se hace difícil, lo cambia. Pero tiene una audacia inaudita (según algunos, de carácter patológico) que le permite presentar como ausencia de fracasos lo que es simple inactividad. Sin acciones, no hay errores: esa es una de las claves de su estrategia. Otra es la sumisión al almirantazgo. Incluso aunque éste, lejano, no emita dictado alguno, el capitán hace peregrinas interpretaciones de lo que podrían ser sus deseos y busca siempre que sean otros los que realicen el trabajo para adjudicarles los fallos y atribuirse los aciertos. …seguir leyendo »

1 10 2008, 21:28

Evolución de las puertas

Aunque el planeta no estaba habitado, puso un cuidado casi neurótico en aterrizar sin ruido. Al salir, se aseguró de que la puerta quedaba bien cerrada. El aire era limpio y saludable. La vegetación, sencilla. La estrella, de clase G, comenzaba un atardecer sobre un lago. Del horizonte nacían dos lunas. Se sentó cerca de la orilla, sacó un libro de Kafka y leyó:

Todo hombre lleva dentro una habitación. Se puede comprobar este hecho incluso acústicamente.

En el margen, escribió:

Por suerte, las naves espaciales no tienen llaves que olvidar dentro, como las casas antiguas, para quedarse en el porche esperando que llegue alguien y nos abra.

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28 09 2008, 20:53

Aparición de Baudelaire

Alex Türk, presidente de la CNIL (el equivalente a nuestra más discreta AEPD) ha hecho estas declaraciones a la revista Télérama:

Charles Bauldelaire reivindicaba dos derechos fundamentales: el derecho a marcharse y el derecho a contradecirse. El derecho a marcharse, hoy, está maltratado por la videovigilancia, la geolocalización… y todos los rastreos en el espacio. El derecho a contradecirse está siendo escarnecido por las informaciones y las imágenes que quedan en la Red y que no se pueden hacer desaparecer: ¡yo debo por lo menos tener derecho a decir blanco a los veinte años y de pensar negro a los treinta! Sería necesario que las redes dejen el control de la información a los usuarios. No es ese el caso actualmente.

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26 09 2008, 21:06

Post postnuclear 1945

Shigeko había dejado los pepinos en un cubo de agua junto al estanque del jardín, y el estallido de la bomba los había puesto negros.
-Es curioso -dije-, cuando volví a casa desde el campo de deportes de la universidad, las larvas estaban comiéndose las hojas de azalea. El pepino se había quemado, pero los insectos aún estaban vivos.
(…)
Al echar un vistazo al estanque mientras hundía la mosquitera en el agua, me fijé en que estas larvas de estuche se afanaban en devorar los nuevos retoños de la azalea que salía del agua. Agité las ramas y volvieron a sus estuches, pero cuando volví de recoger algunos trozos de ladrillo con los que sumergir la mosquitera, habían vuelto sobre ellas con avidez. Los retoños no estaban descoloridos ni tampoco se habían quemado los estuches de las larvas, lo que indicaba que la luz y el calor causaban algún tipo de transformación química cuando se encontraban con materiales de metal. ¿O es que la casa o algún otro obstáculo habían servido de protección a las larvas de estuche y a la azalea cuando estalló la bomba?; la plantación de arroz en los campos parecía haber sido afectada por el resplandor, así que era probable que también se hubieran puesto negras a la mañana siguiente.
Lavé mi pequeña toalla en una zanja, a un lado de un cañaveral de bambú; humedecí mi mejilla derecha y los tendones del cuello; luego, enjuagué una y otra vez la toalla, escurriéndola y enjuagándola, repitiendo el mismo procedimiento sin fin alguno. Escurrir la toalla era, según me parecía, lo único que podía hacer a mi antojo en ese momento. El escozor de la mejilla izquierda me mortificaba. Un cardumen de pececillos de agua dulce se movía en el agua de la zanja y en un remanso de agua estancada crecían lirios en abundancia. Parecían querer decir: aquí está la sombra, esto es territorio seguro.

Masuji Ibuse. Lluvia negra.
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21 09 2008, 21:22

Exposición de Jan Klönsics en el Museo Municipal de Bellas Artes de Santander

(De nuestro corresponsal)

Desde sus primeros trabajos con técnicas avanzadas de representación holográfica e incursiones n-dimensionales basadas en p-branas y supercuerdas, la obra del tharsiano Jan Klönsics ha venido evolucionando hasta afirmar sus raíces en el despojamiento de la fotografía bidimensional (”esa impostura maravillosamente real”, define en el catálogo). Así, son claramente identificables sus reconocidas deudas con Paul Strand, Albert Stieglitz, Dorotea Lange y, por supuesto, el Atget descubierto cuando la distancia permitió comprenderlo.
La exposición que durante los próximos tres meses estará presente en el Museo de Bellas Artes de Santander (MBAS) es el resultado no sólo de cinco años de esfuerzo físico e intelectual, sino también de un empeño ejemplar para, después de arduas negociaciones, obtener los visados institucionales y los mecenazgos que le han permitido durante ese lustro desplazarse en naves superluminales por el universo y poder ofrecernos un centenar de imágenes que sorprenden por la viveza radical con que postulan el estatismo desde su génesis en un cosmos de movimientos excesivos. …seguir leyendo »

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11 09 2008, 21:57

Salacot

Conocí a un tipo en Venus que usaba salacot. Se llamaba Gaspar Blanco. Fue uno de los encargados de organizar cuadrillas de trabajo en las primeras cúpulas de la terraformación, cuando todo estaba a medio hacer, el calor era insoportable y la gente sucumbía a la fatiga sacando mineral a mano porque, por un error de cálculo, las personas llegaron tres años antes que las máquinas. La producción no podía demorarse. Los cargueros esperaban. Ya saben cómo son esas cosas.
- Salacot es palabra bifronte - solía decir Blanco.
No había sistemas de ventilación. Se filtraban gases tóxicos por las juntas de los refugios. La gente se sentaba a esperar turno a las bocas de las minas. Poca comida, agua caliente, pocas distracciones y mucha desesperación. La ropa se caía a jirones, arañada por las galerías estrechas. Aquello que los empleados de la compañía, equipados con trajes de seguridad, llamábamos mineros en los informes triunfales a la Tierra eran hombres desnudos que se pintaban el cuerpo con la pintura gris verdosa destinada a proteger las excavadoras. Alguien había descubierto que alimentaba y era cicatrizante. O eso creían. Gaspar Blanco les dijo eso para que estuvieran entretenidos y ellos lo aceptaron como tantas otras cosas, porque sabían que en la Tierra todo era aún era peor. (Se preparaba la Otra Guerra. Después ha habido otras, pero los que vivimos aquella la seguimos llamando así). Pintados y abatidos, parecían reptiles. Por fin había reptiles en Venus.
Gaspar Blanco había sido educado en la depredación burocrática. Descendía de varias generaciones de jefes de avanzadillas. Yo me ocupaba de la intendencia, es decir, casi de la nada, y pasé muchas horas con él en su despacho, donde exhibía una fila de fotografías enmarcadas de sus antepasados, todos con idénticos sombreros de corcho forrados de tela color hueso. Estaban su tatarabuelo en Filipinas abanicado por una joven tagala, su bisabuelo en la Guinea Ecuatorial degustando cerveza en un porche, su abuelo acodado en la borda de un barco en Zanzíbar, una mujer de ojos negros con un niño en brazos ante una rampa de lanzamiento (ambos con salacots, pero el del niño de tiras de caña). Y sobre la mesa tenía una holografía de sí mismo vestido de explorador de selvas. En el Venus medio habitable no podía llevar polainas porque abundaban los charcos de ácido, pero conservaba el aspecto general de un hombre designado con acierto para reglamentar la conquista de un lugar inhóspito. Sudaba, sonreía, acariciaba la culata de la pistola, miraba al exterior por la luna blindada, se aseguraba de que cada turno estaba en su agujero y se lamentaba de que el ventilador fuera tan lento.
Incluso, en momentos de tedio, parecía ir a iniciar el gesto de quien maneja un matamoscas, pero, por suerte, en Venus todavía no había moscas: llegaron después, mutaron y acabaron con la mitad de los colonos, aunque eso no fue relevante porque para para entonces ya estaban allí las máquinas. Después se perfeccionaron los reductos y las moscas fueron expulsadas. Sin embargo, misteriosamente, sobrevivieron. Y dicen que cada vez son más grandes. Debe de haber algún depósito orgánico que las alimenta. A veces se posan por millones en las cúpulas para observar a los humanos y quitan la poca luz que deja pasar el mar de nubes, pero eso es lo de menos. Gente como Blanco trajo su propia luz, y esa ha quedado dentro. Otros nos fuimos en cuanto pudimos pagarnos la huida.
Volví años después y fui a visitarlo. Yo había hecho algún dinero en el cinturón de Kuiper, acarreando condritas a las esferas artificiales de Neptuno. Pero Gaspar Blanco se había hecho inmensamente rico, primero con las minas, luego vendiendo cubiertas reflectantes para chozas, después monopolizando las casas prefabricadas y los burdeles y, por fin, cuando los conglomerados del subsuelo se definieron como auténticas ciudades, controlando el tráfico e instalación de aparatos refrigerantes, es decir, el negocio del frío, el más lucrativo en los planetas interiores.
Me recibió en su nuevo despacho, una de cuyas paredes era un acuario. Las fotografías tenían marcos nuevos, la holografía me pareció más nítida. El sombrero colonial era la única prenda en una percha-árbol de caoba. Recordamos las partidas de go, la falta de café, el mal olor de la explanada de las minas…
Cuando mi nave salió del astropuerto, las cúpulas me parecieron salacots entrometidos en el albedo del planeta.

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6 09 2008, 19:40

Ginoide ante el espejo

Erinia Cien, robot de avanzados sistemas biónicos diseñado y fabricado por la profesora Bilas Vartik, llevaba casi dos años funcionando ininterrumpidamente cuando tomó conciencia de los espejos. Esa fue la primera vez que hubo que apagarla para unos reajustes serios.
El aprendizaje de las máquinas sofisticadas suele ser lento en ciertos aspectos. La comprensión de la propia imagen es uno de ellos. Hasta la fecha, los programas sólo han podido resolver el registro de la belleza, como el del azar, con métodos pseudo-aleatorios.
Las propiedades físicas de los objetos reflectantes que veía por todas partes estaban claras para Erinia. Comprendía perfectamente que la inversa de la distancia focal de una superficie especular es por fuerza igual a la adición de la inversa de la distancia de la superficie del espejo al rostro que lo contempla y la inversa de la suma de la imagen representada. Y las consideraciones técnicas de la devolución de fotones no dieron paso a un problema de índole algorítmica hasta que una tarde de mayo se produjo la confluencia de circunstancias obligada en toda crisis científica.
Hay que decir que las visitas al excusado de la robot no eran frecuentes. Las pocas que realizaba eran debidas a simples cambios de fluidos que por alguna razón no habían sido hechos durante las revisiones rutinarias en el laboratorio o se habían adelantado a éstas. Dichas visitas se limitaban al vertido en el inodoro de alguna ampolla desechable y biodegradable tras ser reemplazada por otra. Los residuos no necesitaban ningún tratamiento especial: cuestión de entrar, desencajar de su alvéolo en el antebrazo el tubo lleno de un líquido más blanco que la leche (exageradamente blanco y básico, pero con dinámica de mercurio), poner otro y lanzar el antiguo al remolino de la cubeta.
Aquella tarde, cuando Erinia tuvo la urgencia, la profesora Vartik (que por algo había exigido como parte de la dotación un cuarto de baño espacioso, alicatado en azul pálido y con un espejo que ocupaba una pared completa donde el lavabo parecía asomarse al vacío) acababa de disfrutar de una de sus largas sesiones de higiene y placer. …seguir leyendo »

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30 08 2008, 20:21

Apuntando autoenlaces

La entrada anterior me a traído a la memoria a Eliza y a Turing. El primero (¿la primera?) es un programa informático cuya falta de irracionalidad resultaría exasperante si sus resultados no fueran cómicos. Jamás ganará a nadie al ajedrez (no sabe jugar), pero, si se le exprimen todas sus posibilidades (o sea, que, a su manera, requiere partenaires habilidosos), resulta igual de frío que Deep Blue y tan útil como Pensamiento profundo. En esta página instalé hace tiempo una versión JavaScript de esa psicoanalista estúpida e implacable. Lo siento: está en inglés, aunque no requiere dominarlo como Shakeaspeare. En esta otra página del Despacho (para más información, ver enlace en la barra lateral) he puesto la traducción de una amigable charla. Hacía mucho que no lo hacíamos, pero la máquina no escarmienta. Yo tampoco.
En cuanto a Alan Turing, su vida no es cosa de broma. Hace unos años publiqué un artículo sobre él que ahora me ha dado por recuperar.
La prueba de Turing sigue vigente. Por ejemplo, si alguien quiere enviar por email un texto desde este blog, tendrá que pasarla para probar que no es una máquina repartidora de correo basura.

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